El Principio y Fundamento


San Ignacio nos invita, desde el Principio y Fundamento, a detenernos y preguntarnos para qué hemos sido creados y hacia dónde estamos orientando nuestra vida. Esta invitación es especialmente importante porque podemos equivocarnos en nuestras elecciones y, sin darnos cuenta, terminar poniendo nuestro corazón en cosas que no nos conducen hacia el fin para el cual fuimos creados.

Desde mi experiencia, el Principio y Fundamento se ha convertido no solamente en algo que estudio, sino en una manera de vivir que me ayuda a buscar una vida más plena, libre y con mayor sentido. San Ignacio nos propone tres actitudes fundamentales: alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor. Y estas tres actitudes no se quedan únicamente en nuestra relación con Dios, sino que se expresan también en nuestra relación con los demás y con todo lo creado.

El Principio y Fundamento parte de una verdad esencial: somos seres relacionales. Necesitamos de Dios, pero también necesitamos de los demás. Hemos sido creados para vivir en relación, para recibir amor y para aprender a entregarlo.

La alabanza y la finitud de nuestra vida

Alabar es, para mí, aprender a vivir en gratitud. Parece sencillo: reconocer que nuestra vida y todo lo que recibimos son dones gratuitos de Dios. Sin embargo, San Ignacio nos recuerda que no se trata solamente de conocer o entender estas verdades, sino de “sentir y gustar de las cosas internamente” (EE 2).

Esta invitación a saborear interiormente la vida como don de Dios se ha ido haciendo cada vez más profunda para mí a través de la experiencia de la pérdida.

Hace años, cuando recién me había casado, viví la dolorosa experiencia de perder dos hijos en mi vientre. Años después, durante la pandemia, perdimos muchas libertades, y una de las más significativas fue la libertad de estar juntos. Después vino la pérdida de personas queridas a causa del virus, personas a quienes ya no volvería a ver en esta vida. Y, hace dos años, experimenté también la pérdida de mi mamá.

Todas estas experiencias de pérdida fueron transformando poco a poco mi manera de mirar la vida. No fue algo que sucedió de un día para otro, como quizá hubiera deseado. Ha sido un proceso de aprendizaje sobre la vida y su finitud.

Hoy puedo detenerme a reconocer como don cosas que antes daba por hecho: respirar, llevarme la comida a la boca, ver, oír, leer, manejar un automóvil, moverme con libertad, poder valerme por mí misma en las necesidades más básicas y también en las más complejas. Todo aquello que implica estar viva es un regalo. Y, al mismo tiempo, es un regalo finito.

Un día tendré que entregar todo para regresar a la casa del Padre. Esta conciencia de mi finitud, lejos de quitarme libertad, me ha ayudado a vivir con mayor libertad interior y a saborear más profundamente el presente.

Cada vez puedo reconocer con mayor claridad que la vida es un regalo y, más aún, un privilegio. Solo queda agradecer a Dios por los bienes que recibimos cada día y aprender a vivir desde esa gratitud y alabanza a la que nos invita el Principio y Fundamento.

Por ejemplo, si tengo un mal día en el trabajo, recordar que algún día ya no podré hacerlo puede cambiar completamente mi perspectiva. Puedo pasar de vivirlo como una carga a reconocerlo como un don: hoy tengo la posibilidad de hacerlo, y puedo pedir a Dios la gracia para realizarlo de la mejor manera posible.

La situación no necesariamente cambia. El trabajo sigue siendo difícil, la tarea puede seguir siendo pesada y las circunstancias pueden permanecer iguales. Lo que cambia es mi disposición interior. La dificultad deja de ser solamente algo que tengo que soportar y puede convertirse en una oportunidad para responder con amor al Creador que me ha regalado este día y que también me ofrece las gracias necesarias para vivirlo.

Aquí encuentro una dimensión profundamente ignaciana: no siempre puedo elegir lo que me sucede, pero puedo pedir la gracia para elegir cómo responder delante de Dios.

La reverencia: reconocer la libertad y dignidad del otro

La reverencia es una actitud de profundo respeto hacia Dios, hacia los demás y hacia toda la creación. Es fácil respetar a quien piensa, actúa y vive como nosotros. El verdadero desafío aparece cuando encontramos diferencias.

La invitación cristiana va todavía más lejos. Jesús nos pide amar incluso a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen (Mt 5:44). La reverencia, entonces, no depende de que el otro sea como yo quisiera que fuera. Se fundamenta en reconocer que el otro también es criatura amada por Dios.

Fui la primera hija de mi familia y, en cierto momento, asumí inconscientemente un papel parecido al de un padre sustituto. Nadie me lo pidió ni me lo impuso, pero yo sentía una gran responsabilidad por todos, especialmente por mis hermanos. Desde ahí, muchas veces quise controlar de alguna manera sus vidas: dar consejos, intentar ayudar y buscar soluciones aun cuando ellos no me las habían pedido. Todavía sigo trabajando en esto.

Al reconocer que mi manera de actuar no siempre respetaba plenamente la libertad del otro, comencé —y sigo intentando— modificar mi manera de relacionarme con ellos. He aprendido a dejarlos más libres para tomar sus propias decisiones y a ofrecer consejo o ayuda cuando me la piden.

Con el tiempo he descubierto algo hermoso: a medida que yo he aprendido a relacionarme desde una mayor reverencia y respeto por su libertad, nuestras relaciones han ido alcanzando una mayor armonía. Y esa armonía exterior también ha traído una mayor paz a mi corazón.

Esto me ha ayudado a comprender que la reverencia no es simplemente "ser respetuoso". Es también dejar al otro ser quien es delante de Dios.

Tanto la alabanza como la reverencia pueden ser exigentes. No son actitudes que podamos conquistar únicamente con nuestra voluntad. Necesitamos pedir la gracia de Dios para crecer en ellas.

La reverencia en mi matrimonio

En este momento de mi vida, después de 15 años de casada, me doy cuenta de que el amor maduro consiste, sin duda, en amar al otro tal como es y no como yo quisiera que fuera. Esto me hace pensar en la manera en que Dios me ama: Dios me conoce, me ama profundamente y, al mismo tiempo, me deja libre. No intenta imponerme quién debo ser, sino que me invita, me acompaña y respeta mi libertad.

El Principio y Fundamento, en referencia a la reverencia, se manifiesta muy claramente en la manera en que yo elijo libremente amar a mi esposo. Reverenciarlo significa reconocer que él es una persona distinta de mí, con su propia manera de ser, pensar, sentir y decidir. Significa permitirle ser quien es delante de Dios, sin pretender moldearlo según mis expectativas o deseos.

Esto no significa aceptar todo de manera pasiva ni dejar de expresar lo que pienso o necesito. En nuestro matrimonio existe también una responsabilidad mutua de responder, escuchar y respetarnos. La reverencia se vuelve entonces una actitud interior desde la cual puedo comunicarme con él sin querer controlarlo.

También he aprendido que servir desde la reverencia es diferente de servir desde la imposición. Puedo ofrecerle algo, sugerirle un camino o hacer algo por él, pero procurando que mi intención sea verdaderamente su bien y no conseguir que haga lo que yo quiero. La pregunta cambia de “¿cómo logro que haga esto?” a “¿cómo puedo amar y servir de una manera que respete su libertad y busque su bien?”.

Para mí, esta es una forma muy concreta de vivir el Principio y Fundamento en el matrimonio: amar, respetar y servir desde la libertad. Así como Dios me ama sin quitarme mi libertad, yo estoy llamada a aprender a amar a mi esposo de una manera semejante: con amor, respeto, paciencia y confianza.

Quizás la reverencia consiste precisamente en esto: amar al otro lo suficiente como para dejarlo ser quien es, y confiar en que Dios también está obrando en su vida.

El servicio: amar en lo concreto

Estamos llamados también a servir. Parece algo sencillo, pero he descubierto que no es lo mismo servir desde el amor que servir desde la obligación.

Pienso muchas veces en la parábola del hijo pródigo. El hijo mayor parece experimentar su servicio desde la obligación y el deber. En cambio, el padre ama a sus dos hijos, respeta su libertad, no intenta controlarlos y permanece con los brazos abiertos, dispuesto a recibirlos.

A veces, como mamá, esposa o hija, reconozco que hago muchas cosas desde la obligación. El cansancio físico y mental, las rutinas, el trabajo y las muchas tareas de la vida pueden hacer que pierda de vista lo esencial: servir con amor a las personas que Dios ha puesto más cerca de mí.

La práctica del servicio puede hacerse especialmente difícil después de trabajar un turno completo y llegar a casa sin mucha energía. Pero el cansancio no tiene por qué convertirse en una excusa para dejar de amar.

Jesús mismo muchas veces dejó a un lado su propio cansancio para atender a quienes necesitaban de Él. Recuerdo una frase que una vez me dijo un amigo jesuita y que nunca he olvidado: “La misericordia es lo primero.”

Recuerdo también las noches en vela que pasé, como tantas madres, cuando mi hija era bebé. Pienso especialmente en las noches en las que tenía que levantarme para amamantar a mi hija cada dos horas. Muchas veces no sé de dónde sacaba las fuerzas. Pienso que, en esos momentos, era el amor el que me sostenía.

Y ahora puedo reconocer algo más: cuando servimos desde el amor, ocurren dos cosas.

Primero, el servicio nos hace salir de nosotros mismos. Nos libera del egoísmo porque nuestra atención deja de estar centrada únicamente en nuestras propias necesidades y se dirige hacia el otro.

Segundo, he experimentado que cuando Dios me confía una tarea, también me concede las gracias necesarias para llevarla a cabo.

He experimentado recibir una energía que no parecía venir únicamente de mis propias fuerzas: cuando cuidaba a mi hija de bebé, cuando cuidé a mi mamá durante varios meses, o incluso cuando estoy tan concentrada preparando y dando las lecciones de lectura a mis estudiantes que el tiempo parece desaparecer.

Hay momentos en el servicio en los que el cansancio, el tiempo y el espacio parecen perder su importancia. Me atrevo a pensar que, en esos momentos, no soy solamente yo quien está actuando, sino Dios obrando en mí.

Como dice San Pablo:

“Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí.”
(Gálatas 2:20)

El servicio puede convertirse así en un lugar privilegiado de encuentro con Dios.

Conclusión: un camino que se aprende toda la vida

En conclusión, vivir desde la alabanza, la reverencia y el servicio no significa que lleguemos a dominarlos perfectamente en algún momento de nuestra vida. Son más bien como un arte que aprendemos y perfeccionamos poco a poco, a través de la práctica, de nuestras caídas, de nuestras experiencias y, sobre todo, de la gracia de Dios.

Yo, por ejemplo, no soy muy buena cocinera. Sin embargo, he descubierto que la práctica despierta mi creatividad y que, poco a poco, voy progresando. De la misma manera, la vida espiritual requiere práctica. Podemos crecer en la capacidad de alabar, reverenciar y servir durante toda nuestra vida.

Y quizá el verdadero progreso espiritual no consiste en convertirnos en personas perfectas, sino en permitir que Dios vaya transformando nuestro corazón para que podamos vivir cada vez con mayor libertad y amor.

También creo que necesitamos preguntarnos cómo estamos viviendo estos tres movimientos en nuestra propia vida:

¿En qué medida agradezco el don de ser quien soy?
¿Cómo me respeto y me trato con dignidad?
¿Cómo atiendo y sirvo mis propias necesidades?

Esta última pregunta me parece especialmente importante. Difícilmente podemos ofrecer a los demás aquello que nosotros mismos no hemos aprendido a recibir y cultivar en nuestro interior. El amor hacia los demás también requiere aprender a recibir el amor de Dios hacia nosotros mismos.

El Principio y Fundamento se convierte así no solamente en un texto que estudiamos, sino en una manera concreta de vivir y de discernir.

San Ignacio nos invita a ordenar nuestra vida hacia aquello para lo cual fuimos creados: alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y hacerlo desde una libertad interior que nos permita recibir cada cosa como don y elegir aquello que más nos conduce hacia Él.

Al final, quizás se trata de aprender a vivir de tal manera que podamos reconocer a Dios en todas las cosas, recibirlo todo con gratitud, respetar la libertad y dignidad de los demás y responder al amor recibido mediante el servicio.

Y, poco a poco, descubrir que todo es gracia, un regalo, un privilegio.


Por Neitheva Calta


Texto completo del Principio y Fundamento

El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado.

De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden.

Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío y no le está prohibido; en tal manera que no queramos, de nuestra parte, más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin para que somos criados.

San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales [23]